Leyenda del sombreron

El Sombreron

“…el sombreron o duende es otra de las personificaciones del Cachudo. Mide medio metro de alto. Usa sombrero que no está en proporción a su estatura, al cual debe su nombre; y calza zapatos con tacón cubano, con los cuales hace un ruidito que es el que atrae a sus víctimas. Es muy buen jinete, pero, como es tan chico, monta a las yeguas en la nuca, y en las crines les hace, con sus manos, estribitos, que yo mismo los he visto a las yeguas después de que las ha montado.

¡Es seductor y enamorado empedernido! Entra a las piezas sin abrir las puertas y le adivina a uno el pensamiento..”

¡Hace de esto muchos años…! ¡Quién sabe cuántos…!¡Solo sé que Guatemala aun llamábase Santiago de los Caballeros de Goathemala..!

Cansado de recorrer en su brioso y negro corcel las lomas de Aguacapa, que se hallan situadas en las tierras de Guazacapan, y en el mismo sitio en que las aguas del Marialinda se juntan con las del que presta su nombre a las Lomas, el Sombrerón decidió regresar a la capital, que es el sitio en donde tiene el principal escenario de sus muchas fechorías. Como acostumbra hacerlo, hizo el viaje de noche; y la misma noche en que lo inicio, por el hecho de no haber distancias para él, hizo su entrada al lugar en que habría decidido ponerle termino.

Serian las once de la noche cuando hizo su entrada triunfal por el camino del Guarda del Golfo, decidiendo detenerse por unos instantes en el mismo sitio en que se halla situada la ceiba que esta frente a la parroquia vieja.  Su objeto no era que la cabalgadura descansara, como cualquiera pudiera pensarlo, sino limpiar el polvo del camino que había ensuciado el charol de sus zapatos. Empeñado en esta poca elegante ocupación se encontraba, cuando,  al volver la vista había el lado izquierdo de la calle, sus ojos tropezaron con una casucha vieja, cuya portada iluminaba la luz mortecina de una candela de cebo que agonizaba dentro de un farol envuelto en “papel de China” colorado. No fueron la casucha y el farol quienes llamaron la atención de nuestro viajero, sino que la luz de unos ojos que, cual luciérnagas perdidas en la noche, brillaban tras la reja del balcón de la casucha.  Estos dos bellos ojos eran de Manuelita, la hija mayor de Candelaria, una pobre viuda que había los oficios de lavandera del barrio, y que junto con su madre habitaba en ese mísero lugar.

El Sombreron, que siempre ha sido galante, enamorado y seductor empedernido, al nomas ver aquellos ojos se enamoro de ellos y decidió hacer suya a la dueña.  Inmediatamente concibió su plan y lo puso en práctica. Con ritmo dulce y cadencioso, como solo él sabe hacerlo, taconeo varias veces hasta que la música embrujadora de su taconeo llego a los oídos de la virgen criolla, que tembló arrobada. Manuelita, que conocía las malas artes del Sombreron, tembló al solo pensar que había sido elegida por el cómo su nueva víctima. ¡Mas, como mujer que era, le agrado sentirse galanteada y admirada, sobre todo por un ser sobrenatural como el Sombreron…!

¡Aquella noche Manuelita, dicen las malas lenguas, no durmió muy bien que digamos..!

Continuará..

 

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