Don Dinero

Poderoso Caballero es Don Dinero.

Quevedo

Parte I

La menor prueba de respeto que puedo darle es la de acompañar su nombre, como lo hizo Quevedo, con el Don, y aun eso es poco. Excelencia, Alteza, Majestad, son tratamientos que corresponderían a la importancia colosal del sujeto, al eminente puesto en que lo colocado la sociedad moderna.

Y, sin embargo, hay en esta cuestión del dinero una contradicción flagrante, contrasentido inexplicable que me hace sospechar a veces que la lógica es una mentira. Cuando veo el afán con que se le busca, los sacrificios que se hace para obtenerlo, el cuidado con que lo guardan muchos de los que lo poseen, exclamo: el dinero es todo.

Pero, inmediatamente reflexiono en la facilidad con que algunos lo adquieren y en la propensión que tiene otros a derrocharlo, y rectificando mi anterior aserto, digo: el dinero no es nada.

Oigo a muchos que se quejan a grito herido del trabajo que cuesta juntarse con un peso, y digo: el dinero anda por las nubes. Veo al Lujo del brazo con su esposa, la Vanidad, pasearse por calles y plazas y ostentar sus relumbrones en los espectáculos públicos y corrijo el aforismo, diciendo: hay tanto dinero, que no sabemos ya que hacer con él. 

Parte II

El dinero es un dios, y como tal tiene sus templos, que se llaman Bancos. Pasamos frente a uno de ellos y vemos las puertas, como convidando a los transeúntes. Parece que nos dice: “pase Ud. adelante; aquí no tiene Ud. necesidad de destocarse ni de arrodillarse como en las demás iglesias.  No tiene Ud.  mas que meter la mano por la ventanilla del confesionario, y la sacara llena de oro, o de papel que lo representa”.

Alarga Ud,. ¡Inocente! la mano limpia para recibir, y tiene que retirarla avergonzado, porque el sacerdote le advierte que ha caído Ud. en un ligero olvido. En la mano que alargo, debía  llevar unos garabatos que se llaman Dos firmas y que han de representar una cantidad doble, por lo menos, de la que han dado a Ud. generosamente en aquella sinagoga o mezquita o lo que sea.

Pues a tener yo esa suma, dice Ud. en sus adentros al salir del Banco, claro es que no vendría a buscarla aqui.

En seguida tropieza Ud. con uno de esos otros establecimientos que antes se llamaban Montepíos, y que últimamente, renunciando a lo de pios y a lo de montes, han dado en llamarse francamente casa de préstamo.

Entremos, dice Ud.; aquí al menos dan dinero sin exigir firmas. Veamos.

Pide que le presten, pues para prestar están, y le ofrecen liberalmente, pero con una insignificante cortapisa. Por el dinero que Ud. Lleve tiene que dejar alguna prendecita que valga tres o cuatro veces mas, para responder del capital y del interés (una bagatela) que le cobran por el préstamo.

Continúa Ud. Su paseo, de mal humor y maldiciendo de Bancos y casas de préstamos, que solo dan dinero al que tiene doble o triple de lo que necesita; topa con el establecimiento de la Lotería. Un gran cartel con letras de palmo le dice que con dos duros puede Ud. Ganar quinientos, mil y hasta cuatro mil pesos, sin necesidad de dos firmas, ni dejar prendas.

La oferta es tentadora. Con cuatro mil pesos, si no se hace Ud. Rico, puede satisfacer cuatro mil pequeñas necesidades, aunque se quede con otras noventa y seis mil, que se llenaran cuando y como Dios quiera. Echa Ud. Mano al bolsillo y compra el billete.

El tiempo que corre desde el momento en que adquirió aquel pedazo de papel, lleno de señas y contraseñas, hasta el día en que se verifica el sorteo, lo pasa el comprador haciendo castillos en el aire.

Despierto o dormido, cree ver entrar por sus puertas cuatro descendientes de los antiguos señores del país, llevando a mecapal las cuatro talegas del premio mayor.

¿Quién quita que me lo saque? Dice el sujeto en cuestión, empleando una frase que usamos y abusamos poco los guatemaltecos.

En efecto: si se trata de una empresa descabellada, que tiene noventa y nueva probabilidades contra una de salir mal, la acometemos, porque, ¿Quién quita que salga bien?

Si se anuncia algún acontecimiento que nos amenaza con un serio conflicto, lo dejamos venir, porque ¿Quién quita que no suceda?

Alguno ha de sacar el premio gordo. ¿Pero quién quita que sea yo?

He aquí la idea oculta que retoza en el cerebro de todo aquel que compra un billete de lotería.

Pero ¡ay!, entre los millares de números que danzan en aquel globo, imagen o remedo del mundo, donde tantas cosas resultan al revés de lo que debería ser, sale favorecido quizá el que compro un ricacho, que no necesita de que aquella gota de agua vaya a engrosar el de sus ganancias. Los cofrades del ¿Quién quita? Se  quedan con un palmo de narices, convencidos, aunque algo tarde, de que si hay quien quite que las cosas resulten como uno las espera.

La suerte ha hecho una de las suyas, y los chasqueados, ya que no obtuvieron el premio del 4 y los 3 ceros, al menos han condensado su desengaño en este aforismo luminoso: dinero llama dinero. Juran no volver a car en la tentación y se mantienen firmes en aquel propósito….. Hasta el próximo sorteo.

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